Este mes hace 25 años del fallecimiento de D. Enrique Segura Covarsí, sin lugar a dudas el mejor profesor de literatura que tuve en toda mi vida de estudiante, y que lo fue en el Instituto de Bachillerato “Zurbarán” de Badajoz.
No se me asusten, que no voy a ponerme sentimental. La cuestión es que, revisando libros en casa, me he topado con la publicación que, como homenaje a tres profesores del Instituto Zurbarán por entonces recién jubilados -entre ellos, D. Enrique Segura-, editó en 1986 la Diputación de Badajoz, un libro que recoge los textos de las conferencias pronunciadas por reconocidos intelectuales, tales como Juan Gil, Gonzalo Torrente Ballester, Sebastián Mariner, Eustaquio Sánchez Salor et alii.
Una de las conferencias corrió a cargo de Antonio Holgado, gran latinista y magnífico impulsor del estudio de los humanistas extremeños. La conferencia llevaba por título “Un recurso pedagógico para la primera clase de latín”. Hoy he tirado de escáner y aquí os la dejo, no sin antes entresacar algunos párrafos para los que van con prisa:
Cuando el alumno llega a su primera clase de latín, acude, en muchos casos, blindado con un caparazón repelente e impermeable, dispuesto a que la asignatura le resbale sin calarle. La culpa no es suya. El magma social lo ha impregnado de su ignorancia viscosa, infundiéndole unos prejuicios que cristalizan ordinariamente en estos dos calificativos aplicados a la asignatura como una marca infamante: difícil e inútil. Y será labor del profesor de latín (que, a diferencia de otros profesores, no puede permitirse el lujo de ser un mal profesor) abrirles los ojos a “otra” realidad e ir derritiendo, con la fuerza solar de su palabra, su argumentación y su ejemplo, la costra que en ellos haya ido acumulando el ambiente de rechazo social a la disciplina y las opiniones que hayan podido oír o leer, a veces vertidas por sedicentes intelectuales progresistas que seguramente no han leído las muy sensatas ideas sobre el tema del honesto intelectual marxista A. Gramsci.
Mas lo que aquí me interesa destacar es que gran número de alumnos, pese a haber estudiado que las lenguas romances proceden del latín, se presentan en su primera clase de esta asignatura con la idea más o menos nebulosa, fruto, una vez más, de la ignorancia, de que van a enfrentarse con un idioma algo así como el chino o el bantú, sin ninguna o con una lejanísima relación con el castellano.
(…), esto debe servirles de permanente recordatorio de que el latín no es como el bantú, sino un idioma cercano al nuestro, y, en consecuencia, que este convencimiento debe actuar como acicate para, ante cualquier palabra latina, no ir corriendo al diccionario, sino reflexionar un momento a ver si existe en castellano (y así será la mayoría de las veces) un término que, aunque enmascarado a menudo por la evolución fonética, tenga una conexión etimológica o semántica con aquélla.
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